Historia de Japón
Antiguo Japón
Primeros pobladores
Los primeros indicios de vida humana en Japón se remontan a 30 000 años atrás, pero es posible que estuviera habitado mucho antes. Hasta el final de la última glaciación, hace unos 15 000 años, varios “puentes” de tierra unían Japón con el continente (Siberia por el norte, Corea por el oeste y quizá la actual Taiwán por el sur), por lo que el territorio resultaba accesible.
La primera cultura reconocible en emerger fue la neolítica jōmon, en el 13 000 a.C. Los historiadores les llamaron así por la cerámica con marcas que creaban, imprimiendo cuerdas retorcidas sobre vasijas hechas a mano. Tenían una vida seminómada en asentamientos a lo largo de las zonas costeras, sobre todo en el noreste de Japón.
En algún momento entre los años 800 y 300 a.C., una nueva cultura empezó a tomar forma: la yayoi (también debe su nombre a su cerámica característica, creada en un torno). Existe mucho debate sobre el origen de este cambio en la creación de la cerámica; sobre si lo introdujeron los pobladores llegados de China o Corea (o ambos). Los primeros asentamientos yayoi conocidos se descubrieron en el norte de Kyūshū, cerca de la península coreana, y el cambio cultural se propagó desde allí.
Los yayoi introdujeron técnicas de cultivo húmedo para el arroz; algo que supuso un gran cambio; no solo porque exigía asentamientos más estables, también porque la práctica del cultivo intensivo se adaptaba mejor a las tierras bajas, lo cual favoreció el crecimiento de la población en las cuencas fértiles. También introdujeron el hierro y el bronce. Hacia el s. I d.C., los yayoi se habían extendido hasta el centro de Honshū; el norte se siguió considerando territorio jōmon hasta el s. VIII (Hokkaidō y Okinawa no existían entonces).
El auge del clan Yamato
Los asentamientos agrícolas delimitaron territorios y fronteras. Según fuentes chinas, hacia el final del s. III d.C. existían más de 100 reinos en Japón, y algunos de ellos estaban gobernados por una reina llamada Himiko. El lugar exacto de su reino no está claro; algunos historiadores afirman que se hallaba en el noroeste de Kyūshū, pero una mayoría considerable señala la región de Nara. Su territorio era conocido como Yamatai (posiblemente el nombre “Yamato” proceda de ahí). Los chinos llamaban a este estado naciente Wa, y consideraban a Himiko como su soberana, quien, por medio de tributos, reconocía su lealtad al emperador de China.
Al mismo tiempo se extendía una práctica por la cual los líderes tribales eran enterrados en túmulos funerarios (kofun), cuya forma y tamaño iban relacionados con su estatus, lo cual prueba la existencia de una sociedad cada vez más jerarquizada y el auge de una cultura basada en lo material (tras su muerte, en el año 248, Himiko fue enterrada en una enorme tumba, junto con 100 esclavos sacrificados). Este desarrollo derivó en el comienzo de lo que los historiadores denominan el período Kofun, o Yamato, durante el cual el poder administrativo y militar empezó a fusionarse alrededor del clan Yamato, en la cuenca de Kansai.
Bajo el reino de la emperatriz Suiko (592-628), y su poderoso príncipe regente Shōtoku (573-620), se promulgaron reformas administrativas inspiradas por la dinastía china Tang y dirigidas a consolidar el poder a través de impuestos, la distribución regulada del territorio y los rangos oficiales.
El príncipe Shōtoku tuvo un papel instrumental en la temprana propagación del budismo (que llegó a Japón por medio de la influencia coreana), fundando varios templos en la zona de Kansai.
La era de los cortesanos
Creación de la capital
Antes del año 694, la corte Yamato tenía la costumbre de trasladar y construir un palacio nuevo cada vez que se elegía un nuevo emperador o emperatriz (30 o 40, según se cuente). La emperatriz Jito fue la primera que ordenó la construcción de una capital más permanente, basada en el modelo chino de una red ordenada. Solo duró 16 años, pero la idea cuajó, y en el año 710 se establecía una nueva capital en Nara (Heijō-kyō).
Por aquel entonces, el budismo prosperaba; como prueba, destaca la construcción del templo Tōdai-ji (745), que todavía sigue en pie y alberga un enorme Buda de bronce. Es el edificio de madera más grande del mundo (y uno de los más antiguos). Los kofun habían pasado de moda en la capital (aunque seguían erigiéndose en los territorios de las afueras) y las tumbas se decoraban con motivos budistas.
El emperador Kammu [781-806] decidió reubicar la capital en el 784, quizá a raíz de una sucesión de desastres ocurridos tras el traslado a Nara, entre ellos una epidemia de viruela que acabó casi con un tercio de la población entre los años 735 y 737. En el 794 la capital se trasladó a la vecina Kioto (Heian-kyō), que ejerció como tal más de 1000 años (aunque no siempre fuera el centro verdadero del poder).
Auge y caída de la corte Heian
En los siglos siguientes, la vida cortesana en Kioto alcanzó el culmen de su refinamiento y protocolo, como refleja la famosa novela Historia de Genji, escrita por la cortesana Murasaki Shikibu hacia el 1004, donde se muestra a los cortesanos entregados a diversiones como adivinar las flores por su aroma, construir extravagancias arquitectónicas y no escatimar gastos en lo último en lujo. Aquel era un mundo que estimulaba la estética con conceptos como el mono no aware (lo agridulce de las cosas) y la okashisa (incongruencia que sorprende y agrada), que han subsistido hasta hoy, pero también era un mundo cada vez más alejado de la realidad. Manipulado durante siglos por la familia Fujiwara, políticamente muy poderosa, el trono imperial perdía autoridad.
Mientras los nobles se engolfaban en placeres e intrigas cortesanos, en las provincias surgían poderosas fuerzas militares acaudilladas casi siempre por nobles de alcurnia menor, enviados con frecuencia en nombre de la alta nobleza para desempeñar tareas ‘tediosas’. Algunos de ellos eran parientes lejanos de la familia imperial, apartados de la línea de sucesión –se les daban nombres nuevos y eran desterrados a clanes provinciales– y hostiles a la corte. Entre sus sirvientes figuraban diestros guerreros conocidos como samuráis (literalmente, “sirvientes”).
Los dos clanes principales de la baja nobleza descastada, los Minamoto (o Genji) y los Taira (Heike), eran enemigos. En 1156 se les encargó que apoyaran a sendas facciones rivales que aspiraban a mandar en la familia Fujiwara, pero esto pasó pronto a un segundo plano cuando se entabló una contienda entre los Minamoto y los Taira.
Se impusieron los Taira, al mando de Kiyomori (1118-1181), que se estableció en la capital y, en los 20 años siguientes, se entregó a sus muchos vicios. En 1180 entronizó a su nieto Antoku, de 2 años. Cuando un pretendiente rival recabó la ayuda de la familia Minamoto, que se había reagrupado, su líder, Yoritomo (1147-1199), no lo dudó. Kiyomori y el pretendiente murieron poco después, pero Yoritomo y su hermanastro Yoshitsune (1159-1189) continuaron con la guerra contra los Taira. En 1185 Kioto había caído y los Taira fueron perseguidos hasta el extremo occidental de Honshū. Tras una batalla naval en la que vencieron los Minamoto, la viuda de Kiyomori se arrojó al mar con su nieto Antoku (que ya tenía 7 años). Con Minamoto Yoritomo como hombre más poderoso de Japón, empezó un período de dominio militar.
La era de los guerreros
El primer sogún
Yoritomo no aspiraba a convertirse en emperador, pero quería que el nuevo emperador le otorgara el título de sogún (generalísimo), lo que paso en 1192. Mantuvo varias oficinas e instituciones, y creó su sede en su territorio natal, Kamakura (cerca de la actual Tokio), en lugar de en Kioto. Su sogunato fue conocido en japonés como bakufu, que hace referencia al cuartel general de campaña de un general de campo. Aunque, en teoría, Yoritomo representaba el brazo militar del gobierno del emperador, en la práctica quien mandaba en el gobierno era él. El baufuku de Kamakura estableció un sistema feudal –que perduraría casi 700 años como institución– basado en la lealtad entre señores y vasallos.
Cuando Yoritomo murió en 1199 (tras caerse de su caballo en circunstancias sospechosas), su hijo le sucedió en el título de sogún. Sin embargo, su viuda, Masako (1157-1225), era miembro del clan Hōjō y una figura formidable, y acumuló un poder muy significativo el resto de su vida (a pesar de afeitarse la cabeza y tomar votos religiosos tras la muerte de su marido). Su padre ejerció de regente, un título que los Hōjō conservarían hasta que las intrigas y las disputas internas acabaron con la vida del último heredero Minamoto, momento que los Hōjō aprovecharon para reclamar abiertamente el sogunato.
Las invasiones mongolas
Durante el sogunato Hōjō los mongoles intentaron invadir Japón dos veces: en 1274 y 1281. Con Kublái Kan [1260-1294], el imperio mongol estaba casi en el ápice de su poderío y, tras conquistar Corea en 1259, el kan demandó a Japón que se sometiera a su soberanía, pero sin resultado.
El primer ataque de Kublái Kan se produjo en noviembre de 1274, supuestamente con unos 900 barcos que transportaban a 40 000 soldados, aunque esto quizá sea exagerado. Los mongoles desembarcaron cerca de Hakata en el noroeste de Kyūshū y, a pesar de la vigorosa resistencia, avanzaron hacia el interior; sin embargo, por razones poco claras se retiraron a sus naves y después sobrevino una tormenta que causó daños a un tercio de las mismas. El resto regresó a Corea.
Siete años después se llevó a cabo un intento más decidido desde China. Kublái Kan mandó construir una flota de 4400 barcos para transportar a 140 000 hombres, de nuevo cifras dudosas. En agosto de 1281 los mongoles desembarcaron de nuevo en el noroeste de Kyūshū y, una vez más, se encontraron con una tenaz resistencia y tuvieron que retirarse. Los elementos volvieron a intervenir (esta vez un tifón). Los supervivientes regresaron a China y los mongoles renunciaron a invadir Japón.
El tifón de 1281 dio pie a la idea de una intervención divina para salvar a Japón, y acuñó el término kamikaze (literalmente, “viento divino”), que después se aplicaría a los pilotos suicidas de la guerra del Pacífico quienes, supuestamente imbuidos por el espíritu divino, daban sus vidas para proteger a su país.
La caída de Kamakura
A pesar de su exitosa defensa de Japón, el sogunato Hōjō se resintió. Su incapacidad para satisfacer los pagos prometidos a quienes habían repelido a los mongoles causó un gran descontento, mientras que lo gastado mermó notablemente sus finanzas.
La desafección al sogunato culminó en tiempos del autoritario emperador Go-Daigo (1288-1339). Tras escapar del destierro que le habían impuesto los Hōjō, empezó a recabar apoyos contra el sogunato en el oeste de Honshū. En 1333, y para frenar esta amenaza, el sogunato envió tropas al mando de uno de sus generales más prometedores, el joven Ashikaga Takauji (1305-1358); sin embargo, al percatarse de la desafección a los Hōjō y de que si se unía a Go-Daigo entre los dos tendrían un considerable poderío militar, Takauji se alió con el emperador y atacó las dependencias del sogunato en Kioto. Otros no tardaron en rebelarse contra el propio sogunato en Kamakura.
Aquello supuso el final del sogunato Hōjō, pero no de la institución. Takauji aspiraba al título de sogún, pero su aliado Go-Daigo temía que ello debilitaría su poder como emperador. La alianza se rompió y Go-Daigo envió tropas contra Takauji, pero este venció y atacó Kioto, lo que obligó a Go-Daigo a refugiarse en las montañas de Yoshino, unos 100 km al sur de la ciudad, donde estableció su corte. Takauji, por su parte, instaló en Kioto a un emperador títere de un linaje rival, el cual le proclamó sogún en 1338. Las dos cortes coexistieron hasta 1392, cuando la “corte del sur” (en Yoshino) fue traicionada por Ashikaga Yoshimitsu (1358-1408), nieto de Takauji y tercer sogún Ashikaga.
Estados en guerra
Takauji estableció su sogunato en Kioto, en Muromachi. Con contadas excepciones como Takauji y su nieto Yoshimitsu (que mandó construir el famoso Kinkaku-ji y se declaró en una ocasión “rey de Japón”), los sogunes Ashikaga fueron relativamente ineficaces. Sin un poder fuerte y centralizado, el país se vio inmerso en un conflicto civil cuando los señores de la guerra (los daimios) se enzarzaron en interminables luchas por el poder. Empezó con la guerra de Ōnin de 1467-1477 y durante 100 años el país vivió en una contienda civil casi constante; a ese período se lo conoce como era Sengoku (Estados en Guerra).
Durante aquella época, la clase guerrera se hizo con las tierras y las aficiones culturales de la nobleza terrateniente, y sus gustos marcaron la moda de la época. La austeridad y autodisciplina del budismo zen, que había penetrado en Japón desde China en el s. XIII, atraía a la clase guerrera y también influenciaba sus valores estéticos, como la sabi (sencillez elegante), la yūgen (introspección elegante y tranquila, como en el nō), el wabi (rústico) y el kare(adusto y austero). Y así sucedió que, durante aquella época de guerras e inestabilidad casi constantes, las artes como el refinado nō(teatro-danza minimalista), el ikebana (composiciones florales) o la chanoyu (ceremonia del té), vivieron un momento floreciente.
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